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En la porcicultura parece ir prevaleciendo de a
poco la idea (quizás más acentuadamente que en otros renglones del
agro), que la especialización y la gran escala, factibles sólo mediante
cuantiosas inversiones, serán las unidades dueñas del futuro.
Si así fuera, los genuinos hombres del campo, sus
emprendimientos familiares, de tamaño mediano, están sentenciados. No
les quedaría más alternativa que rendirse ante las grandes factorías,
máxima expresión de la “high tech”, mientras son sacrificados en aras de
supuestas eficiencias y la productividades.
La intensificación encierra una serie de nociones:
gran escala, especialización, irrefrenable carrera por altos
rendimientos, instalaciones costosas y alto uso de insumos. Componen un
fenómeno que se ha dado en llamar “industrialización”, en analogía con
los procesos repetitivos, mecánicos, a partir de materia prima
inanimada, como la verdadera industria. A menudo también se usa el
término “agribusiness” (agronegocios), siendo que el campo es mucho más
que un negocio…es cultura, un estilo de vida, la ocupación del
territorio, la preservación de los recursos naturales y algo más.
Lo que se dice
Así, desde influyentes centros de divulgación
periodística se insiste en presentar tales emprendimientos como modelos
de producción “modernos y eficientes”, que habría que imitar para que el
sector crezca y alcance su destino de grandeza; lo que sería logrado
mediante empresas de gran tamaño, que demandan grandes inversiones en
instalaciones, para un denso confinamiento. Así por ejemplo, las
inversiones que se mencionan oscilan entre $7.000 y $10.000 por madre (y
su progenie), para establecimientos de cría-terminación. Montos claro
está, fuera del alcance de la mayoría de auténticos productores rurales,
que no poseen actividades económicas externas al agro. Va de suyo que
este fenómeno implica un proceso de sustitución de éstos por unas pocas
mega empresas.
En el mundo
Sin embargo, importantes centros científicos del
mundo, exponen un panorama bien distinto y en realidad, aquella visión
“industrialista” del desarrollo está despertando profundas críticas.
Dicha reacción se expresa y resume en concepto paraguas de “sustentabilidad”,
que aunque sea un vocablo abusado, contiene significados bien definidos,
que no sólo refieren al ambiente sino también a cuestiones
socio-económicas (para una precisa definición de desarrollo sustentable
véase FAO).
La trascendencia del tema en el país, recién ahora
le ha caído al hombre de la calle en lo atinente a los recursos
naturales, con el agotamiento del petróleo; pero la crisis abarca además
el deterioro de los suelos y de las aguas -de los cauces y las
subterráneas-, mientras todavía permanecen ocultos sus perjuicios
socio-económicos, cuya resultante es la paulatina concentración de la
producción agropecuaria, como en este caso la de cerdos, el
debilitamiento y despoblación de las poblaciones rurales y sus economías
y la inequidad en la distribución de los beneficios.
Nuevos paradigmas
Desde mucho antes, los estudiosos vienen planteando
los nuevos paradigmas con que orientar el porvenir de la producción
animal, y relegando las nociones de productividad y renta económica u
otras de corto plazo, hasta ahora dominantes, por otras que emergen con
más fuerza como y la preservación a largo plazo de los recursos
naturales y la consideración por prácticas que contemplen la mejora en
la calidad del producto –tan deteriorada últimamente-, el respeto por el
bienestar animal, rasgos que en suma, se asocian con las crecientes
demandas de los consumidores por mejores alimentos: mayor calidad
organoléptica, más seguros, más sabrosos, producidos con respeto por la
naturaleza y que retribuyan a las comunidades rurales en vez de a unas
pocas empresas.
Contrariamente a las tendencias preconizadas desde
la perspectiva “industrialista”, existen otras sendas tecnológicas que
desde la evolución tecnológica se ven como más adecuadas a las
características de nuestro país y que podrían constituir el fundamento
del desarrollo del sector, como las propuestas presentadas por el INTA.
Cerdos a campo
Se trata de métodos para la producción de cerdos a
campo (en confinamiento parcial o moderado), a escala razonable, pero no
capital intensivos sino manejo intensivos; ligados a la transformación
de granos propios; el uso de instalaciones y equipamiento modular y
portátil que cuestan la cuarta parte, o menos, de sus análogas en
confinamiento; respetuosas del normal comportamiento animal; que no
entregan efluentes contaminantes del suelo o el agua; que usan poca
energía y no desperdician agua, y sobre todo, que incluyen a muchos
productores y estimulan sus capacidades para que en conjunto redunden en
beneficio de las comunidades donde están asentadas y no el las
megalópolis.
Si bien las grandes empresas industriales pueden
exhibir productividades llamativamente altas, con poca mano de obra y
por ende bajos costos operativos, la magnitud de las inversiones
(instalaciones) es tan alta que los costos indirectos –amortizaciones e
intereses al capital invertido- que pueden superar cualquier ventaja
obtenida por la reducción de costos operativos o directos, como en la
alimentación o la mano de obra. Es que la mayor parte de la tecnología
desarrollada últimamente apuntó, más que nada, y en eso ha sido muy
efectiva, al reemplazo de mano de obra por capital y a permitir un
ilimitado crecimiento de la escala, con el fin de manejar el mercado.
Pero en definitiva, no es real que ello haya contribuido a reducir los
precios al consumidor ni la calidad del producto.
Puestos de trabajo
Por último, otro argumento a favor de las unidades
industriales, esgrimido a veces por el deseo de atraer modernas
“inversiones” al campo sin que importe mucho si son extranjeras, es la
creencia de que generan nuevos puestos indirectos de trabajo
(servicios), que compensan con creces los puestos directos perdidos por
el desplazamiento de los productores individuales, merced a una supuesta
mayor eficacia en reasignación de los recursos humanos. Muy por el
contrario, nada de eso ocurre; así, un estudio realizado por la
universidad estatal de Missouri demuestra que para entregar un mismo
volumen de cerdos, las unidades de gran escala desplazan 2/3 de los
puestos de trabajo, tanto los directos –esperado- como también los
indirectos –inesperado-.
Como corolario puede decirse que sí tiene futuro el
desarrollo de la producción nacional de cerdos en unidades de tamaño
razonable, que no son capital intensivos sino trabajo y manejo
intensivo, que por esto estimulan las capacidades creativas del hombre
sin reducirlas a las de un empleo rutinario de baja calificación, que
demanda más trabajo en vez de equipamiento, que pone especial énfasis en
la calidad intrínseca de la carne, que transforma y valoriza las
cosechas dentro del propio establecimiento, sin malgastar combustibles
en transporte de granos a grandes distancias, que diversifica las
chacras saliendo del monocultivo y, sobre todo, mejorando los resultados
económicos por sobre los de la agricultura pura. Todo lo cual hace que
estos planteos, lejos de descalificaciones, sean los auténticamente
sustentables.
Contacto
EEA Pergamino
Med. Vet. Pedro Goenaga
pgoenaga@pergamino.inta.gov.ar
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